Los luditas tenían razón
Las big techs están automatizando el mundo entero y calculando el riesgo de una revuelta popular como respuesta.

Lais Martins
SEP 29, 2026 • 7 min

Está de moda decirle “ludita” a cualquiera que critique el avance desenfrenado de la tecnología, sobre todo el de la inteligencia artificial, como una manera de llamar al otro retrógrado. Un par de veces me tildaron de ludita por algunos reportajes sobre data centers, por ejemplo.
Lo curioso es que esa palabra se use como insulto. Esto habla de la perspectiva de quien lo dice; personalmente, veo a los luditas como un movimiento social legítimo. Se podrán cuestionar sus métodos, pero tenían una razón justificada.
Los luditas eran trabajadores ingleses de la industria textil del siglo XIX que se organizaron para protestar contra la sustitución de su mano de obra por las máquinas. A menudo prendían fuego o destruían los artefactos que los reemplazarían. El movimiento fue objeto de represión por parte de la monarquía y la clase empresarial, a pesar de contar con apoyo popular
Más de 200 años después, el ludismo vuelve. Al igual que aquellos trabajadores ingleses, vivimos un momento significativo en el que muchos puestos de trabajo son sustituidos por la tecnología. Si bien es un proceso que viene desde la revolución industrial, se ha acelerado en los últimos años con la inteligencia artificial. La diferencia es que no solo los trabajos manuales podrían sustituirse, sino también los intelectuales. Y nadie está a salvo, ni siquiera dentro de las big techs. En mayo de este año, Meta despidió a 8.000 trabajadores debido al aumento de los costes del desarrollo de la IA.
La automatización en el mercado laboral, impulsada por la IA, se ha convertido en un gran tema de debate en los últimos meses. Por automatización me refiero a dejar en manos de las máquinas tareas que antes requerían de seres humanos. Economistas, científicos sociales y antropólogos se han dedicado a analizar si la IA sustituirá realmente la mano de obra y cuál será su impacto en la economía global. En 2025, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) proyectó que uno de cada cuatro puestos de trabajo estará expuesto a cambios provocados por la IA generativa. En marzo de este año, la misma OIT estimó que los puestos tradicionalmente ocupados por mujeres están dos veces más expuestos a estos riesgos que los ocupados por hombres.
Pero hay otro riesgo detrás de la automatización del mercado laboral: el de una gran revuelta, un levantamiento en masa de la población. Es este tema y su impacto en la economía el que analizan los investigadores Daron Acemoglu, A. Arda Gitmez y Mehdi Shadmehr, de universidades de Turquía y Estados Unidos, en el documento de trabajo Automatización y represión. Acemoglu ganó el Premio Nobel de Economía en 2024.
Puede que vos y yo no pensemos mucho en este riesgo, pero los tecnobros multimillonarios de Silicon Valley sí lo hacen e incluso están construyendo búnkeres para protegerse en caso de que eso llegue a suceder. “¿Qué veo ahora en nuestro futuro? Veo encrucijadas … o un levantamiento”, escribió en 2014 Nick Hanauer, un empresario estadounidense, cofundador de Amazon e inversor de capital de riesgo.
En el artículo, los investigadores abordan cuáles serían los escenarios de una revuelta de la clase trabajadora contra la automatización en el mercado laboral y cuáles serían las posibles respuestas del Estado. Concluyen que el mercado tiende a automatizar en exceso porque las empresas individuales no tienen en cuenta el impacto potencial de la automatización en caso de que una revuelta tenga éxito. Cada una está tan ensimismada, mirándose el ombligo, que no reconoce este riesgo más estructural.
En cuanto a la respuesta del Estado para mitigar la posibilidad de una revuelta, vislumbran dos posibilidades: el impuesto a las grandes fortunas y la redistribución de la renta en forma de bienes públicos, o bien la represión. La primera me parece excelente e incluso deseable, pero la mala noticia es que la redistribución de la renta tiende a encarecerse a medida que crece el capital derivado de la automatización. En este sentido, la represión es la respuesta más barata. Una mayor automatización favorece la represión.
“Muchas personas ricas o líderes empresariales también reconocen que mantener el orden en un mundo dominado por la automatización puede requerir represión u otras medidas enérgicas para proteger sus rentas y beneficios”, escriben los investigadores.
Lo que está en juego
🗳️ La democracia. En el documento de trabajo de Acemoglu y sus colegas hay una advertencia muy importante sobre la relación entre la democracia y la ganancia de capital. “Si una sociedad nace como democracia, la toma de decisiones democrática se vuelve cada vez menos aceptable para los capitalistas a medida que crece el nivel de capital acumulado, y la sociedad acabará sufriendo un golpe antidemocrático, volviendo a caer en la represión”.
Esto me hace pensar en Estados Unidos, donde las grandes empresas tecnológicas, principales promotoras y defensoras de la automatización en el mercado laboral, se están alineando y aliando abiertamente con un gobierno autoritario y reacio a la democracia. No es una coincidencia.
✊ El derecho a la protesta. Hay que decirlo claramente: un levantamiento de la clase trabajadora, de la población, de la sociedad, contra la sustitución de la mano de obra por máquinas es un motivo legítimo. Al igual que se criminalizó a los luditas en el siglo XIX, las élites económicas de hoy tienden a demonizar los levantamientos y a responder con represión.
El problema es que la represión ha adquirido nuevos contornos, más sofisticados y perversos que en la época de los luditas. Y las empresas que lideran este lucrativo negocio de la represión y la vigilancia, como Palantir, comparten gran parte de la ideología y la visión del mundo de las big techs que quieren automatizar el planeta. Una alianza conveniente
📠 El poder de cuestionar una decisión. Mientras leía el artículo de los investigadores, recordé una entrevista que realicé en marzo de este año al investigador Mark Coeckelberg, de la Universidad de Viena, sobre el tecnofascismo. Hablamos de un artículo que había publicado a finales de enero en el que advertía que los procesos de toma de decisiones automatizados por la IA podrían conducir a algo similar a la banalidad del mal, tal como planteó Hannah Arendt.
Coeckelbergh me explicó: la idea de la banalidad del mal es que existe una burocracia con normas que se siguen al pie de la letra porque la gente dice que son órdenes. En la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron esta premisa para cometer atrocidades, alegando que solo seguían órdenes.
“En el caso de la inteligencia artificial, hay algo similar en el sentido de que, en cuanto hay una recomendación de la IA, es muy fácil seguirla. Requiere un esfuerzo ser crítico. Requiere un esfuerzo recurrir al juicio humano. Los seres humanos somos esencialmente perezosos; por eso desarrollamos tecnología”, me dijo.
Esto genera problemas de dos tipos. En primer lugar, el riesgo de reproducir sesgos al permitir que la IA automatice las decisiones y, en segundo lugar, eludir la responsabilidad de la decisión, ya que fue la IA la que decidió. No hay nadie que sepa explicar el porqué de esa decisión ni nadie a quien responsabilizar en caso de que la decisión genere problemas.
🫵Quién come y quién vive. La automatización no solo está afectando el mundo laboral. En América Latina, varios gobiernos ya utilizan la IA para conceder prestaciones sociales, como las pensiones en Brasil o el sistema para identificar a la población pobre en Colombia. En El Salvador, Nayib Bukele se asoció con Google para que Gemini, su inteligencia artificial, gestione el sistema sanitario. Estamos hablando de decisiones cruciales sobre quién tiene derecho a comer y a vivir, tomadas por algoritmos.
¿Está la automatización afectando tu trabajo o tu acceso a un servicio público? ¿De qué manera? Contame respondiendo a este correo.
Cosas para inspirarte
- Una oda al ludismo. En julio de este año, en pleno verano en Nueva York, jóvenes de la Generación Z se reunieron en una plaza para celebrar el festival “Verano de Ludd”, un evento presencial de resistencia contra las big techs y, por supuesto, en homenaje a los luditas originales. Me lo pasé muy bien leyendo el reportaje de la periodista de Wired sobre el evento, que, sí, es bastante caricaturesco, pero plantea las preguntas que importan.
- Ghost in the Machine es un nuevo documental imprescindible sobre la IA. Como buena brasileña que soy, me encantan las fofocas: el material se estrenó el mismo día que otro titulado The AI Doc, que está generando mucha polémica, y no por buenas razones. La explicación del chisme se encuentra en este texto de Emily Bender, profesora de la Universidad de Washington y una de las científicas más respetadas en el campo del procesamiento del lenguaje natural (tip: usé VPN para ver el documental, no está disponible en Brasil ni en Paraguay).

Lais Martins
São Paulo 🇧🇷